Es innegable que la graduación universitaria de un joven constituye un momento memorable de su vida. Es la culminación de una suma de esfuerzos y desvelos, en ocasiones muy grandes, que permitieron dar término a una carrera en cuyo futuro ejercicio se cifran múltiples expectativas.
La juventud, obvio es decirlo, es la etapa más bella de la existencia: la época en que todos los sueños parecen posibles de concretar, y donde se piensa desplegado un infinito mundo que sólo espera que lo conquisten. Al haber obtenido el título universitario, el graduado se siente habilitado para una maravillosa aventura: la vida solamente parece prometerle sonrisas.
El suceso gratifica también grandemente –y no podía ser de otro modo- a los padres, a la familia toda, y por cierto a la totalidad de los condiscípulos y amigos. Estos se sienten contagiados por la alegría que embarga al diplomado. La comparten sinceramente, y esa circunstancia los lleva a planificar un festejo.
Aproximadamente hasta comienzos de la década del 70 del siglo que pasó, el flamante graduado universitario recibía la entusiasta felicitación de los amigos. En bullicioso grupo, la costumbre era reunirse luego en algún bar, o en la casa del agasajado, para manifestarle el gusto por ese último triunfo ante la mesa de examen.
Pero poco después, la graduación empezó a celebrarse de una manera muy distinta. Es la que se mantiene hasta hoy, con rasgos cada vez más gruesos. Como todos lo saben, se trata de un espectáculo callejero que tiene ribetes de barbarie y de violencia. Se destroza la ropa del destinatario y se arroja sobre él, y sobre los que lo rodean, toda clase de alimentos (huevos y harina, por ejemplo) y de pintura, ensuciando, de modo indescriptible, varios metros a la redonda del atrio de la casa de estudios o de la calle. Todo culmina con el paseo del graduando prácticamente desnudo, en la caja de una camioneta o sentado en el baúl abierto de un auto, entre bocinazos y gritos. Con gran frecuencia, ya el alcohol ha duplicado el entusiasmo del grupo.
El viernes pasado a la tarde, en la peatonal de calle Muñecas, frente a la Escuela Normal, podía asistirse a uno de estos festejos. Los transeúntes debían estar atentos para esquivar los alimentos que el grupo se arrojaba entre sus integrantes, en medio de una nube de harina. El saldo fue el veredón colmado de residuos que exhalaban mal olor, durante varias horas.
Es sabido que las costumbres sociales se implantan un día y todos deben soportarlas mientras duren, sin buscarles explicaciones. Pero cabe preguntarse si no sería posible que esta que nos ocupa se sustituyera por otra, donde no estén tan presentes ese exceso, esa violencia, esa grosería general que le otorga marco propio.
Hay mil maneras de exteriorizar el tan justificado regocijo que produce la llegada del diploma, en quien lo ha obtenido y en todos los que lo aprecian. Muchas personas piensan si no sería posible reemplazar estas expresiones tan desmadradas, por otras que signifiquen manifestar ese júbilo de un modo, digamos, más civilizado y con menor dosis de desenfreno.
Realmente, es difícil explicarse ls necesidad de que el festejo exhiba semejantes características. Suele argüirse que se trata de “una tradición”. Pensaos que integra el grupo de las que sería saludable cancelar.